Uno de los más graves problemas en las sociedades es que se vayan dando
confrontaciones que acaban por escindirlas, y que imposibilitan que la
energía social se canalice positivamente para enfrentar las carencias
que a todos afectan y emprender acciones que generan mejores
condiciones para quienes las integran. Varios de los debates en los que
ha estado enfrascada la élite mexicana son de esa naturaleza y el
deterioro que han provocado y pueden acrecentar, amerita una
reconsideración.
Uno de ellos es el relativo al papel de los gobernadores en la nueva
realidad política, y a la consecuente y simplista conclusión de que
para evitar los excesos de los gobernadores —sean supuestos o reales—
es necesario reavivar el centralismo y la excesiva intromisión del
Presidente en los estados. Es tan rudimentaria la equivocada
interpretación, que se asimila la figura “gobernador”, con la figura
“entidad federativa”, y se llega al exceso retórico de decir que a los
gobernadores se les da mucho dinero, cuando los recursos que se envían,
se entregan a las entidades federativas, a los estados, que son una
jurisdicción política con territorio, población y personalidad jurídica
propia, representada por un poder público, cuyo titular es un
gobernador y, para ser más precisa, los recursos que la Federación
transfiere a las entidades federativas, a través de los gobernadores,
no son “propiedad” de la Federación, sino que en un amplio porcentaje
son recaudados en los propios estados, remitidos a las autoridades
federales para que los redistribuyan con criterios de equidad y visión
republicana.
De allí que sea tan grave la confusión discursiva
que pretende culpar a los gobernadores de todos los males y, en un
revanchismo infantil, retrasar y complicar la entrega de las
participaciones federales —que no son de la Federación sino de la
nación— perjudicando más que a los gobiernos estatales, a las personas
que viven en ellos. La Federación, en ese sentido, es un concepto
abstracto.
Las insistentes recriminaciones entre órdenes de
gobierno coadyuvan a enrarecer, aún más, un entorno que, de la
confrontación reiterada en tantos temas, puede pasar a la escisión, lo
que sería muy grave para el país.
Los problemas son más profundos
y requieren un análisis desde diversas aristas, sin verlos
superficialmente, ni sólo de la perspectiva de la supuesta e
innecesaria disputa entre espacios de poder de gobiernos estatales,
gobierno federal, y filiaciones partidistas de funcionarios estatales y
federales.
Los excesos impunes en cualquier orden de gobierno,
federal, estatal o municipal, en un país con una tradición de
ejecutivos fuertes, tienen que ver con la subordinación de los otros
poderes, Legislativo y Judicial; con la omisión silenciosa de algunos
protagonistas, independientemente de su origen partidista; con la
ausencia de una ciudadanía enérgica e informada, que exija, en todos
los niveles del gobierno, respeto pleno a sus derechos y absoluta
transparencia en el manejo de los recursos públicos. La solución no se
da sólo con instrumentos normativos y medidas restrictivas, en un afán
fiscalizador saludable y necesario (que no llegue al extremo de
paralizar la operación institucional), por encima de ello, el país
requiere de evolución democrática generalizada, basada en una ética
pública indispensable, que se proyecte en todos los rangos, niveles y
espacios donde actúa la denominada “sociedad política”. Desde luego,
mucho menos es solución una regresión centralista y un permanente
jaloneo entre distintos órdenes de gobierno, que acaban por debilitar y
desprestigiar al poder público en general. Lo institucional y
demócrata, es que la Federación cumpla con sus obligaciones con estados
y municipios, y que haya una coordinación y espíritu de colaboración
entre los tres órdenes de gobierno. Ello, en un marco de honradez de
todos los involucrados.
Beatriz Elena Paredes Rangel (Tizatlán, Tlaxcala, 18 de agosto de 1953). Cursó estudios de Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México, inició su carrera política a los 21 años de edad, al ser electa Diputada al Congreso de Tlaxcala entre 1974 y 1977, posteriormente fue Diputada Federal, llegando a presidir la Cámara de Diputados y a responder uno de los informes de gobierno de José López Portillo...