Después del terremoto del 12 de enero, que golpeó despiadadamente a la
República de Haití, y sacudió a la opinión pública internacional, tuve
la impronta de escribir sobre la isla, y expresar públicamente mi
solidaridad con la población de ese país, latinoamericano y caribeño.
Decidí, sin embargo, retomar el tema de Haití, unas semanas después de
la catástrofe, cuando el impacto noticioso ha disminuido, y me parece
pertinente insistir en la importancia de la cooperación internacional
como una decisión de la comunidad de naciones, y especialmente de los
países ricos, que sea perdurable y no responda solamente a una
coyuntura derivada de una emergencia climática o a la gravísima
tragedia resultante de una catástrofe natural de tal magnitud.
Ahora, que los Jefes de Estado de América Latina y el Caribe se
reúnen en Quintana Roo, rostro maravilloso del Caribe mexicano, es
oportuno insistir en el compromiso de apoyo a Haití, y saludar la
expresión solidaria de los países de la región y de las organizaciones
humanitarias que han enviado recursos indispensables para enfrentar la
emergencia. Mención especial merece el Sistema de Naciones Unidas, que
ha desplegado un importante esfuerzo de convocatoria y asistencia
técnica, no obstante haber sido profundamente afectado, por los decesos
de varios profesionales trabajadores de ONU acaecidos en el sismo.
Una
estrategia de apoyo estructural para la recuperación de Haití, y para
propiciar e impulsar nuevas bases para su desarrollo independiente,
parte necesariamente de reconocer que las dificultades del país y de su
población no se originaron ni se contienen en el sismo, sino que son
estructurales y se corresponden a una dolorosa historia de coloniaje,
sobreexplotación y dictadura, que ha llevado a que los datos sobre el
nivel socioeconómico de su población fuesen de un 80% en pobreza, esto,
antes del impacto del terremoto.
Por eso es indispensable que el
apoyo no sea un asunto de “buenas conciencias” por una sola vez, o una
estrategia geopolítica para insistir en áreas de influencia de alguno
de los países con mayores recursos. Dado que la desgracia llamó la
atención de la comunidad internacional, y de organismos multilaterales,
esta dolorosa circunstancia debe provocar un diseño de cooperación y
financiamiento de corto, mediano y largo plazo para generar condiciones
de viabilidad para el desarrollo de Haití, con pleno respeto a la
soberanía y autodeterminación de su sociedad e instituciones.
Tengo
esperanzas, que en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el
Caribe, los Jefes de Estado, ratifiquen su voluntad de colaboración
bilateral y adquieran compromisos de carácter regional que favorezcan
la construcción de nuevos escenarios para el país.
Hace más de
tres décadas, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la
UNAM, un destacado Maestro, Gerard Pierre Charles, nos imbuyó a muchos
de sus alumnos el dolor por su patria, expoliada y ensangrentada por
una historia de esclavismo y desventura. A la hazaña de un puñado de
independentistas que llevaron a cabo su lucha de liberación en 1804,
siendo el primer país de la región en proclamar su Independencia y en
intentar un primer gobierno propio, siguió una dramática historia que
llevó paulatinamente al país a encontrarse en la situación en la que
una desgracia natural, sucedida en enero de 2010, llevó a que el mundo
pensara en ese pequeño gran país, el del creol y los pintores naifs, el
de las legendarias maderas preciosas, el del horror de los
tontons-macoutes.
Los mexicanos podemos hacer mucho por y con el
pueblo de Haití, y el cúmulo de iniciativas para captar donativos
civiles reflejan la disposición de nuestra sociedad. El Gobierno
también ha participado activamente. Es hora de que viejos y nuevos
vínculos se multipliquen, Haití necesita de todos los países del orbe
pero corresponde a sus vecinos elevar la voz para que la comunidad
internacional acompañe la recuperación de esta nación.
Ahora, que
nos llenamos de discursos y festones en las conmemoraciones de las
independencias latinoamericanas, hacer algo trascendente y perdurable
por Haití será la mejor forma de honrar la lucha permanente de ese
pueblo por la libertad.
Beatriz Elena Paredes Rangel (Tizatlán, Tlaxcala, 18 de agosto de 1953). Cursó estudios de Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México, inició su carrera política a los 21 años de edad, al ser electa Diputada al Congreso de Tlaxcala entre 1974 y 1977, posteriormente fue Diputada Federal, llegando a presidir la Cámara de Diputados y a responder uno de los informes de gobierno de José López Portillo...